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viernes, 1 de febrero de 2013

"LA FELICIDAD RADICA, ANTE TODO, EN LA SALUD" George William Curtis


La enfermedad es  un estado que indica que el individuo en su conocimiento ha dejado de estar en orden o armonía. Esta pérdida de equilibrio interno se manifiesta en el cuerpo en forma de síntoma. El síntoma es una señal, un portador de información ya que con su aparición interrumpe el ritmo de nuestra vida y nos obliga a estar pendientes de él. El síntoma nos informa de que algo falla.
La conciencia ha reparado que para estar sanos carecemos  de  algo. El fin de la enfermedad es ayudarnos a subsanar nuestras faltas y  dolencias. Por su parte, el alma no puede enfermar, el alma evoluciona, aprende. Buena parte de las enfermedades tienen su origen en la resistencia del cuerpo emocional y del cuerpo  mental al alma. Un 70% de las enfermedades del ser humano vienen del campo de la conciencia emocional. En su mayor parte  las enfermedades son producto de emociones no procesadas, no expresadas y  reprimidas.
El común denominador de buena parte de las enfermedades de hoy en día es  el  temor que es la ausencia del amor. Cuando el temor se queda congelado afecta al riñón, a las glándulas suprarrenales, a los huesos, a la energía vital y puede convertirse en pánico.
En cambio, la ira es una energía positiva porque nos lleva a la autoafirmación, a la búsqueda del territorio,  a defender lo que es nuestro y lo que es justo. Cuando la ira se vuelve irritabilidad, agresividad permanente o resentimiento se vuelve contra uno mismo y afecta al hígado, la digestión y el sistema inmunológico.
La alegría es la energía de la inocencia, del corazón, es la más sanadora de todas las energías ya que no se contrapone  a ninguna otra.  La alegría suaviza  a todas las  energías ya que  nos permite procesarlas desde la inocencia;   pone al resto de las emociones en contacto con el corazón y les da un sentido ascendente  para que lleguen al mundo de la mente.
La tristeza es un sentimiento que  puede llevarnos a la depresión cuando se deja uno llevar por la misma y no la expresamos, pero también en algunos casos puede ayudar. La tristeza nos lleva a contactar con nosotros mismos y a restaurar el centro interno.

Todas las energías negativas tienen su propio aspecto positivo, las hacemos negativas cuando las reprimimos. Cuando se aceptan fluyen,   no se estancan y se pueden transmutar,  tienen que ser canalizadas para que lleguen desde el corazón hasta la cabeza.
Las energías básicas son el amor y el temor (que es ausencia del amor), así que todo lo que existe en la vida es amor ya sea por exceso o por defecto. El amor puede ser constructivo o destructivo.
Debemos aceptar la enfermedad por nuestra condición  humana y  así  incorporar la lección que nos deja el paso de  la enfermedad por  nuestra vida.
La ansiedad es un sentimiento de vacío, que a veces se vuelve un hueco en el estómago, una sensación de falta de aire.  Es un vacío existencial que surge cuando buscamos fuera en lugar de buscar dentro,  cuando buscamos muletas o apoyos externos sin la solidez de la búsqueda interior. Si no aceptamos la soledad y no nos convertimos en nuestra propia compañía, experimentaremos este vacío y vamos a intentar llenarlo con cosas o posesiones. Pero como no se puede llenar con cosas el vacío crecerá. La angustia se supera cuando interiormente nos aceptamos como somos y nos reconciliamos con nosotros mismos.  La angustia viene de  que no somos lo que queremos ser, pero tampoco  lo que somos, estamos en el debería ser y no somos ni lo uno ni lo otro.
El stress tiene su origen en la competencia, de que quiero ser perfecto, quiero  ser el mejor, quiero dar una nota que no es la mía y la cual quiero imitar. Sólo podemos competir cuando deseamos ser únicos, originales, auténticos, o sea una fotocopia de nadie.
El stress destructivo perjudica el sistema inmunológico. En cambio un stress positivo nos permite estar alerta, despierto en la crisis y puede ser una oportunidad para acceder a un nuevo nivel de conciencia.
Somos felices cuando creemos y confiamos en nosotros mismos, cuando nos encomendamos transpersonalmente a un nivel que trasciende el pequeño yo o el pequeño ego. Somos felices cuando tenemos un sentido que va más allá de la vida cotidiana, cuando no nos  desplazamos a nosotros mismos, cuando estamos en paz, y a salvo con la vida y con nuestra conciencia.